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Cada mujer vive su cuerpo como una conversación con el tiempo. Desde la infancia hasta la vejez, cada una de ellas atraviesa estaciones marcadas totalmente por cambios hormonales, presiones sociales y silencios acumulados. Pero cuando esa mujer es autista, la experiencia se complejiza: las transiciones pueden doler más, los diagnósticos llegan tarde, y la violencia muchas veces no se nombra. Algunas experiencias positivas se descubren tarde o no se descubren y con ello la balanza corre el riesgo de no mantenerse en equilibrio.

Este artículo recorre las etapas de la vida femenina —infancia, adolescencia, edad fértil, climaterio y vejez— desde una mirada integradora. Un enfoque que no solo considera lo biológico, sino también lo emocional, lo social y lo invisible. Y en el centro, una verdad que no podemos ignorar: la experiencia de las mujeres autistas en cada etapa vital merece una atención profunda y específica.

Infancia: cuando el mundo aún no entiende

En sus primeros años de vida, las niñas descubren el mundo con una sensibilidad que en muchos casos es vivida como un desafío. En el caso de las niñas autistas,  esta sensibilidad puede estar especialmente desarrollada si hablamos de estímulos como sonidos, luces o texturas. Además, en su día a día necesitan rutinas claras y espacios seguros donde refugiarse. 

La violencia en la vida de estas niñas puede aparecer de forma temprana: bullying menos visible que en el caso de los niños por no ser físico o directo sino en forma de exclusión o rumores, el abuso sexual infantil, es más prevalente en las niñas y mujeres autistas, entre otras cuestiones porque se percibe su vulnerabilidad y tienen dificultades para reconocer los niveles de intimidad, sus propias emociones o los contextos seguros donde pedir ayuda, aún más peligroso cuando la niña no puede identificar ni expresar lo que ocurre. Muchas mujeres adultas autistas relatan abusos que sufrieron y que pasaron desapercibidos, confundidos con retraimiento o falta de comprensión. El cuerpo infantil, que debería ser refugio, puede convertirse en un espacio silenciado.

Adolescencia: la batalla del encaje

La adolescencia marca el inicio de la exigencia social: hay que “ser mujer”. Y nadie explica muy bien qué significa eso, ni cuál es la manera de llegar a serlo. En esta etapa, comienzan las menstruaciones, la presión estética y las primeras relaciones afectivas. Las jóvenes autistas suelen enfrentarse a estos cambios con confusión, ansiedad o angustia.

El llamado masking —el esfuerzo constante por parecer “neurotípica”— es muy común durante toda esta etapa, en muchas ocasiones lo han practicado desde la infancia y al llegar la adolescencia los aprendizajes anteriores dejan de ser el modo de relación estandarizado. Fingir de manera continuada tiene un precio, y antes o después acaban apareciendo problemas como el agotamiento extremo, la ansiedad o incluso la depresión. Algunas de estas adolescentes desarrollan trastornos alimentarios o se autolesionan sin saber por qué. Esto se asocia muchas veces a problemas de conducta, pero tenemos que tener en cuenta que estas conductas no son solo rebeldía: es dolor y en muchas ocasiones una respuesta a un trauma complejo.

Edad fértil

Durante los años de fertilidad, la mujer suele verse atrapada entre múltiples roles, cada uno de ellos con sus luchas y responsabilidades: madre, no madre, pareja, profesional, cuidadora… Además, los cambios hormonales continúan,muchas veces dando lugar a problemas como los trastornos menstruales, problemas ginecológicos y dificultades para concebir, que por otro lado se suman a otros como el desgaste y la sobrecarga por maternidades sin apoyo.

En el caso de las mujeres autistas, todas estas situaciones se atraviesan de una manera muy diferente y que con frecuencia resulta difícil de gestionar. Pueden tener dificultades en el establecimiento de parejas o en la gestión de la exposición familiar de esta etapa, también pueden involucrarse en relaciones como una forma más de enmascaramiento. La maternidad puede ser deseada, pero también abrumadora, la percepción del vínculo o el instinto maternal puede no sentirse del modo preestablecido y ser vivido con culpabilidad, la sobrecarga sensorial y personal es un reto añadido a la vida. El trabajo puede representar independencia, pero también una fuente constante de ansiedad social. Además, muchas veces las enfermedades y los problemas de salud pasan inadvertidos, bien porque el umbral de dolor puede estar alterado o porque simplemente no saben cómo explicarlo al médico lo que les ocurre y las somatizaciones y problemas músculo esqueléticos y hormonales son una muestra más de la iatrogenia clínica en el autismo. Se espera que gestionen todo, pero nadie les enseña cómo hacerlo, ni les presta las herramientas ni el acompañamiento necesarios. Algunas mujeres optan por identificar su necesidad de respiro y respetar su idiosincrasia con un coste que requiere mucho insight y apoyo para afrontar la soledad en esta etapa, especialmente cuando en la edad adulta se busca o se encuentra el diagnóstico a raíz generalmente de crisis vitales que las pueden llevar al meltdown.

Climaterio:

Cuando los años van pasando, la llegada del climaterio (menopausia) trae consigo transformaciones profundas en muchos aspectos diferentes de la vida. El cuerpo cambia, la energía fluctúa y en muchos casos, la mirada social comienza a ser diferente: muchas mujeres sienten que dejan de ser vistas como deseables,valiosas o relevantes.

En mujeres autistas, los síntomas asociados a esta etapa pueden vivirse con mayor intensidad. Las alteraciones sensoriales y cognitivas se agudizan, y algunos problemas como el insomnio, las sudoraciones o la desregulación emocional pueden intensificarse. Para muchas, esta etapa coincide también con el momento del diagnóstico y es entonces cuando logran poner un nombre y comprender aquellas experiencias que han atravesado a lo largo de toda su vida.

Esta es una etapa marcada por el duelo, pero también por la comprensión y a veces por un nuevo inicio.

Vejez

Con la llegada de la vejez aparecen otros desafíos: enfermedades crónicas, una posible  pérdida de autonomía y el peso de duelos acumulados a lo largo de la vida. Las mujeres mayores, en general, tienden a experimentar mayores niveles de soledad que los hombres. En el caso de las mujeres con autismo, esa soledad puede ser incluso más profunda, ya que sus redes sociales, limitadas de por sí, se reducen. Además  los servicios de salud y apoyo no siempre están preparados para comprender y atender adecuadamente las necesidades que presentan.

Por otro lado, el riesgo de caídas, desnutrición, descalcificaciones, especialmente cuando se ha sostenido un TCA, o aislamiento aumenta, así como la posibilidad de sufrir situaciones de violencia o negligencia. Muchas mujeres viven con miedo de ser institucionalizadas, de no ser escuchadas y de perder la capacidad de decidir sobre su propia vida. En estos momentos, la dignidad depende más que nunca de la empatía, el respeto y el acompañamiento humano.

La violencia que atraviesa todas las etapas

A través de todas las etapas de la vida, hay una constante dolorosa que no respeta edades: la violencia. Esta puede manifestarse de forma física, sexual, emocional o incluso institucional. A veces es un golpe. Otras, es una consulta médica en la que no te creen. O una pareja que te infantiliza. O un abuso sexual que nadie quiso escuchar.

Las mujeres autistas son especialmente vulnerables a esta violencia. Por sus dificultades en la comunicación, su confianza literal, o su historial de haber sido ignoradas, muchas veces no logran identificar ni defenderse de situaciones abusivas. La violencia percibida y vida es más constante, y el sistema responde menos.

Comprender las etapas de la vida de una mujer no puede limitarse a mirar sus hormonas. Hay que mirar su historia, su entorno, sus silencios. Y cuando esa mujer es autista, hay que mirar más profundo aún: aprender de su lenguaje, de su forma de habitar el mundo.

Una medicina con perspectiva de género y neuro divergencia no es un lujo, es una necesidad. Significa preguntar con respeto, escuchar sin juzgar, ofrecer tiempo y opciones reales. Significa saber que el bienestar no es solo una cuestión de salud física, sino de poder vivir con dignidad, con apoyo y con verdad.

Recomendamos

Takeda, Y. (2010). Understanding the life stages of women to enhance your practice. JMAJ, 53(5), 273-278.

La autora resalta que el bienestar en una etapa influye directamente en la siguiente, lo cual hace necesario que los médicos adopten una mirada integral que abarque no solo lo biomédico, sino también lo psicológico, social y cultural. Conocer el contexto sociocultural en el que vive cada mujer ayuda a comprender mejor sus síntomas, identificar problemas ocultos y ofrecer soluciones más acertadas.

En la sociedad actual —muy distinta a la de generaciones pasadas—, las mujeres enfrentan nuevos desafíos: postergación del matrimonio, aumento de la expectativa de vida, menos nacimientos, y cambios en los roles familiares. A pesar de avances legislativos hacia la igualdad de género, muchas mujeres aún cargan con la mayoría de las responsabilidades domésticas y de cuidado, lo que afecta su salud mental y su calidad de vida.

Takeda examina los problemas específicos de cada etapa:

  • Pubertad y adolescencia: Etapa de formación de identidad donde influyen los cambios físicos, las relaciones sociales y la presión externa. Se observa un aumento de enfermedades de transmisión sexual, trastornos alimentarios, y dificultades para expresar emociones.
  • Edad reproductiva: Se presentan enfermedades ginecológicas, estrés por conciliación de trabajo y familia, síndrome de la “supermujer”, y posibles problemas de infertilidad. El rol del médico es clave para orientar, escuchar y derivar cuando sea necesario.
  • Climaterio: Incluye la menopausia, que se acompaña de síntomas físicos (sofocos, sudoración, cambios en el ánimo) y enfermedades como osteoporosis o trastornos cardiovasculares. También aparecen cambios emocionales vinculados con el «nido vacío» o el cuidado de padres mayores.
  • Vejez: Aumentan los riesgos de enfermedades crónicas, caídas, pérdida de autonomía y soledad. Es fundamental escuchar al paciente, conocer su red de apoyo y ayudarle a planificar su cuidado futuro, incluyendo decisiones sobre tratamientos invasivos.

Un punto importante del artículo es el reconocimiento de la violencia en todas las etapas de la vida. Muchas mujeres sufren abuso físico o sexual, incluso desde la infancia. Estas experiencias tienen un impacto profundo y duradero en su salud física y mental. El personal médico debe estar capacitado para detectar estas situaciones, abordarlas con sensibilidad y ofrecer apoyo o derivación adecuada.